¿Comer insectos? Esa es la pregunta del millón. Estamos en 2018 y buscamos desesperadamente fuentes alternativas de proteínas ya que la ganadería intensiva es insostenible. La carne y los lácteos producidos industrialmente tienen un gran impacto medioambiental  y eso no pasa desapercibido para la opinión pública. Por ejemplo, el ganado produce más gases efecto invernadero (51%) que todos los coches, camiones, trenes, barcos y aviones juntos (13%).
Y como los problemas están para solucionarlos, la industria alimentaria propone nuevas opciones, a la cada vez más abultada población mundial, alternativas a los productos de origen animal de toda la vida.
Por un lado tenemos las proteínas de origen vegetal y por otro los protagonistas de este artículo: los insectos. Pero antes de indagar en la oportunidad que representan y el panorama actual de la industria, conozcamos un poco el origen.

Comer bichos tiene sentido

Para ponernos en situación tenemos que tener en cuenta que en el planeta hay actualmente unos 2.000 millones de personas que son entomófagos (dícese de los grupos de población que consumen insectos y arácnidos) de forma habitual. Pero a partir de ahora prefiero obviar esta palabra ya que las connotaciones se acercan más a la demonización que a la alimentación. Este es un tabú que compartimos los euro-norteamericanos pero que en culturas de África, Latinoamérica, Ásia y Australia forma parte de la gastronomía tradicional.

Quizás para comprender esta diferencia tenemos que recorrer a la antropología. En este sentido, los pobladores de Europa y Norteamérica, en términos generales, siempre han tenido abundancia de grandes vertebrados a su alcance; primero en forma de caza y después en forma de ganado (ovino, caprino, bovino y porcino). En cambio, la presencia de insectos de gran tamaño o en forma de enjambre ha sido más bien una anécdota. Es imposible que una dieta sea insectívora si la disposición del alimento es escasa. Por el contrario, en regiones tropicales, semitropicales y desérticas de otros continentes los insectos proliferan y hasta podemos encontrar larvas del tamaño de un pulgar, cucarachas de agua de 200 gramos o enjambres como nubes. Sus habitantes han tenido históricamente menor acceso a vertebrados de gran tamaño para cazar (para posteriormente convertir en ganado) y han optado por introducir los insectos a su dieta en mayor o menor medida. Por ejemplo, en la América Precolombina, excepto en la sierra y altiplano de los Andes, no hubo ganadería hasta la llegada de los conquistadores. Los aztecas, por poner un caso, a parte de carne de caza, consumían una gran variedad de insectos. Los más populares eran los escamoles, (larvas de hormiga) o gusanos de la planta del ágave.

En definitiva, el ser humano se ha ido adaptado a su entorno y por lo tanto, también lo ha hecho su gastronomía.
Si os interesa el tema de la relación comida-antropología no os perdáis Bueno para comer (Alianza Editorial) de Marvin Harris. Un libro que te ayuda a entender un poco mejor la relación de ciertas culturas con lo que comen.

Un tabú en los países occidentales

Definitivamente, cuando mencionamos ingerir insectos nos metemos de cabeza en una barrera cultural. Ese factor asco que aún prevalece en occidente. Una relación que creamos entre suciedad, pobreza y miseria con el consumo de artrópodos. Por ejemplo, la lujosa langosta, era usada para alimentar a presos, pobres y animales domésticos durante la colonización de Norteamérica. No olvidemos que la langosta es un crustáceo y es pariente no muy lejano de insectos y arácnidos.

Pero tampoco hace falta cruzar el charco para tener las primeras referencias de griegos y romanos deleitándose con cigarras o larvas Cossus del corcho. De hecho el pueblo llano en ambas civilizaciones poca carne conocía. O más recientemente, durante el siglo XIX, en Francia e Inglaterra, algunos prohombres intentaron introducir en la gastronomía de sus respectivos países delicacies elaboradas con abejorros o las larvas de estos. La mayoría de veces con el pretexto de luchar contra la hambruna. Como podréis haber imaginado no tuvieron mucho éxito. Los tiempos ya habían cambiado.

Pero que se puede superar

Al indagar en el pasado nos damos cuenta que, durante siglos, comer carne ha estado sólo al alcance de unos pocos y/o limitado a fechas señaladas. Y muchas comunidades se vieron forzadas a buscar métodos “alternativos” para el consumo de proteína no vegetal.
Curiosamente, a día de hoy, con un planeta cargado de serios problemas medioambientales, el gran reto a nivel global es recuperar algunas de esas otras vías que en los países industrializados ni se mencionan. Entre las que se encuentran los alimentos que protagonizan este artículo.

Es una gran apuesta de futuro que dará mucho que hablar. Pero ahora, como profesionales de la alimentación y posibles consumidores, nos toca reflexionar en ¿Qué legislación nos encontramos? ¿Qué segmento de la población nos verá con mejores ojos? ¿Como debería ser la experiencia gastronómica? ¿Y el papel de las marcas?

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